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Dos años - 14/04/2003

Recuerdo mi muñeca de trapo llamada Natacha, a la que le había pintado anteojos, y a mi hermana, siempre de “punta en blanco” mientras yo era un desastre, toda embarrada, en nuestra hermosa casa de Boulevard Zavalla.
Recuerdo los domingos con tallarines amasados y en familia, al mejor estilo “Campanelli” en la casa de los abuelos en Pasaje Quiroga, con la tía Norma, Raúl y Mónica.
Recuerdo a mi pediatra Beba y el largísimo viaje hasta llegar a su casa-consultorio allá en Santo Tome, cuando las distancias eran grandes, o a mi me parecían inmensas.
Recuerdo la ternura de la abuela Berta y la noche que Andrea se rompió la ceja cuando estábamos bajo su custodia en uno de los viajes de mis viejos.
Recuerdo la noche que pude leer, a los 4 años, y la corrida que me pegue desde mi pieza al dormitorio de mis viejos para contarles que había leído una frase del libro UPA.
Recuerdo mi expectativa y admiración por los recitados del abuelo Luis… “recién te apunta el colmillo, mas te lo dice un toruno: no dejes que hombre ninguno te gane el lau del cuchillo…”.
Recuerdo la excitación y alegría de estar unos cuantos días sin ir a la escuela, razón por la cual los viejos nos compraron un “cinematic” y podíamos ver dibujitos animados todo el día, cuando desde la radio se escuchaba constantemente “COMUNICADO NUMERO UNO…”
Recuerdo que un 6 de enero les pedí a los reyes magos que “me hagan maga”, y recuerdo también la desilusión que sentí cuando encontré con los zapatitos, el agua y el pasto un Juego de Magia.
Recuerdo la juguetería Adanti que estaba en la planta baja de la casa de 9 de Julio, y cuando mi viejo nos pregunto que queríamos, Andrea eligió la muñeca más linda, y yo un revolver a cebitas que después casi me mata de un susto cuando le dispare a alguien y el muy vivo se hizo el muerto.
Recuerdo a Irma, la chica que nos cuido durante la mayoría de nuestra infancia, y su incondicionable amor por una tal Evita que una vez había pasado por su pueblo (Cacique Arriaquaiquin –o algo así-) y desde un avión le había tirado una muñeca.
Recuerdo el terrón de azúcar que compartían el abuelo Elías y la abuela Berta al tomar el mate, y recuerdo que nunca mas vi ni sentí dos personas que se amen tanto.
Recuerdo mi timidez y los primeros chicos que me gustaron, a pesar de mi mudez de aquel entonces.
Recuerdo el pánico que tenia cuando tuve que rendir los 50 metros nadando en el Quilla para que me habiliten para ir hasta la balsa, lo cual significaba que ya era “grande”.
Recuerdo pero no extraño el odio que me daba perder; sea a las cartas, al tenis, al ping pong, al ludo-matic, al hockey, en atletismo.
Recuerdo a Elina Mariño, mi maestra de gran parte de la primaria, que nos decía la palabra TILINGOS, y hasta el día de hoy la uso.
Recuerdo el primer cigarrillo a los 8 anos, que le compramos a la vieja del vestuario del Quilla.
Recuerdo un verano que no nos dejaron salir a ningún lado, y toda mi familia se la pasaba con policías en la casa y “escuchas” en el teléfono de los abuelos; y recuerdo que cuando el abuelo Elías salio con un maletín lleno de billetes a encontrarse con los que nos amenazaban, todos nos despedimos de el sin saber si lo volveríamos a ver (por suerte a el lo vimos, lo que no supimos nunca mas fue de la plata).
Recuerdo la rueda llena de chispas y colores que el abuelo Luis clavaba en el árbol de la casa para navidad y ano nuevo.
Recuerdo las primeras monedas que me gane con el “sudor de mi frente” lustrando los zapatos de los amigos de mis viejos que iban a casa.
Recuerdo el viaje ida y vuelta llorando a los gritos pelados en el viejo Chevy azul del abuelo cuando nos llevaban a danzas clásicas y españolas, cosa que hasta el día de hoy odio.
Recuerdo la admiración que sentía por mis primos mas grandes, los Albertos, que vivían hablando de inventos y fabricando cosas todo el tiempo (de hecho los dos son exitosos ingenieros en la actualidad).
Recuerdo mi primer “pedo” en el casamiento de Irma, 7 lisos “fondo blanco” y después a vomitar y no saber ni como me llamaba a los 7 u 8 años.
Recuerdo mis "grois oins" (ojos grandes en idyish) cuando estuve con Mickey en el '74 cuando viajamos con los abuelos a Walt Disney World, y mis ojos llorosos hace unos meses cuando volvi a recorrer esos caminos llenos de recuerdos.
Recuerdo muchos días y noches encerrada escribiendo mis diarios cuando empecé la adolescencia, ese tiempo en el que todo se da vueltas y se cuestiona y se genera la persona que vas a ser el día de mañana.
Recuerdo el olor mas bello del mundo, los domingos a la mañana cuando el pasto todavía estaba mojado por el rocío en una cancha de hockey para jugar mis partidos de quinta división con el marrón y amarillo. Recuerdo las noches anteriores a los partidos, donde imaginaba y soñaba las jugadas y me veía haciendo muchos goles que al otro día convertía.
Recuerdo el bajón que tenia cuando tuve que decirle a mi viejo que no quería ser contadora, que los números no eran lo mío.
Recuerdo la emoción y los nervios el día que nacieron mis sobrinos.
Recuerdo cuando le ganamos el clásico a los negros y los dejamos en la B hace como un siglo atrás...
Recuerdo las noches Tamilan dibujando para las entregas de Arquitectura con Sari y Pipi en Mikonos, y a la Chevsky que siempre caía tipo 3 de la mañana a jodernos un poco.
Recuerdo los lisos mas fríos y bien tirados de Santa Fe que tomábamos en “La Modelo”, los sábados cuando cerrábamos el negocio con las chicas.
Recuerdo los ojos de la abuela Emilia cuando el cáncer la estaba carcomiendo en una cama del sanatorio Mayo. Recuerdo una señora que fue a visitarla y resulto ser la amiga del alma de mi vieja que por mucho tiempo estuvieron distanciadas y hasta el día de hoy nunca supe el porqué.
Recuerdo la última materia que estudiamos con Sari juntas para Arquitectura, Historia II, lo mal que la pasamos estudiando aún cuando dimos más que bien el examen.
Recuerdo cuando me fui - fueron de casa por no “aceptar las reglas”, tiempo durante el cual el dolor fue inmenso pero sirvió para afirmar mis convicciones y poder ser libre de cabeza hoy. Recuerdo cuando agarré a la Lara que era bebé y llamé por teléfono a Adri para que me busque en la Citraka por que ni siquiera tenía plata para el colectivo, y orgullosa como era no iba a usar mi auto porque ellos me lo habían “regalado” (con el tiempo me di cuenta que era mío porque me lo había ganado).
Recuerdo las palabras de Graciela Geller, una noche como hoy de Pascua judía, pero unos cuantos anos atrás, cuando me preguntó como andaba y yo le dije “unos días bien, otros mal”, y ella muy sabia me contesto: “bienvenida al mundo de los humanos”.
Recuerdo las trasnochadas con la Gorda y la Lili en mi casa de Av. Freyre. Recuerdo las noches a carcajadas cuando hacíamos los videos con la Bettu. Recuerdo la locura que tenia en aquella época y la cantidad de cagadas que me mande sentimentalmente porque en realidad no estaba enamorada.
Recuerdo mis escapadas a Paraná y las gratificantes charlas con la Chiqui.
Recuerdo mis momentos de paz, tranquilidad y crecimiento espiritual al aire libre, en el medio del campo de Vicky en Mojones o en lo de Mirko en Maria Grande.
Recuerdo las noches laburando en frente de la compu en mi casa de calle Junín, y la Tonecha que tocaba la ventana del estudio a cualquier hora y me cebaba matitos hasta pasado el amanecer, cuando tenia que irme al Ministerio a trabajar.
Recuerdo el bajón por una decepción sentimental, y como el hockey me resucito del abismo y me puso pilas para levantarme y reencontrar gente linda, como las Busiemi. Recuerdo La vida es un carnaval, de Celia Cruz y las noches de joda y barril un día que hicimos un gol (UN GOL!! después de haber hecho tantos en mi juventud!!!!).
Recuerdo una noche que pasaron la Flaca y Ana por mi depto. de calle Mendoza y me dejaron una cartita de parte de “la Yola” que me regocijo el alma.
Recuerdo los lindos momentos que pasamos los domingos en la tatenguita jugando a las cartas con “las viejas”.
Recuerdo el encierro y el ahogo de estar sin trabajo, con poca plata, bajoneada, sin expectativas de nada alentador a la vista, alejada por elección de mis amistades, replanteándome que hacer con mi vida de 34 anos, habiéndola peleado todo el tiempo, sea desde el Emporio del Bazar, desde mis estudios (que nunca decidí terminar), desde la filmación y edición de videos, desde el Diseño, con mucha bronca con respecto a lo que pasaba en la Argentina, y recuerdo como se empezó a gestar la vaga idea de salir de ahí, sea por unos días o por unos meses, necesitaba AIRE.
Recuerdo una noche como hoy, pero hace dos anos y 3 días tenia un pasaje de Aerolíneas Argentinas: Ezeiza – Los Angeles en la mano, ya había saludado a Andrea y los chicos que se habían ido a Punta del Este unos días antes, había dejado a mis viejos en casa con la puerta de vidrio hecha añicos quien sabe por que razón, y estaba arriba de La Internacional que me llevo a Retiro mientras abajo en la Terminal estaban todas mis amigas despidiéndome.
Llegué a este país y me encontré con mucha gente que de onda me ayudó e hizo mas amena la estadía para que la nostalgia sea menor. Llámense las dos Patricias, la Gordita con la cual era como que habíamos instalado una “sucursal santafesina” en Visalia, Raúl, y mucha gente de acá de Miami ahora. Yo sé que nadie me regaló nada, que lo que logré -sea mucho o poco- lo hice y lo hago por mi propio esfuerzo. Se también que acá se puede vivir mejor en cuanto a estabilidad económica y seguridad, que lo que se escucha de Argentina hoy. Pero también se que este país no me representa para nada ideológica, social y políticamente. Se que Estados Unidos no es el lugar en el que quiero morir… pero el solo hecho de pensar en volver a la Argentina me causa angustia, no por la gente que quiero, sino porque no veo que haya posibilidades laborales allá. No por lo menos por ahora.

Muchas cosas que hoy recuerdo ya no existen, ya pasaron y no volverán, como dice el tango. Creo que lo que escribió Quino es perfecto… la vida debería ser al revés: entonces me hubiese gustado trabajar acá durante cuarenta años y pasar mi tiempo libre allá, disfrutando de la gente y de la tranquilidad de mi Santa Fe, sin tráfico ni problemas de ciudadanía; sin mar y palmeras, pero con el río mas lindo del mundo.